Julio Cortázar “no hizo una literatura fantástica opuesta a una literatura de la realidad, sino una literatura de la realidad, y por lo tanto fantástica”, dijo Eduardo Galeano refiriéndose a la intención del escritor en ayudar a percibir y entender lo sobrenatural dentro de lo natural; “Julio incorporó a la vida cotidiana esas energías secretas que andan en el aire del modo más natural y más espontáneo”.

“Era un surrealista en su intento tenaz de mantener unidas lo que él llamaba la revolución de afuera y la revolución de adentro”, así lo describió Carlos Fuentes, quien al igual que Galeano notó la facultad en el escritor de percibir la realidad como algo mítico, “estaba en el otro rostro de las cosas, en el mínimo más allá de los sentidos”.

El periodista e historiador Osvaldo Bayer considera que este autor “nos llenó de letras mostrándonos nuevos caminos, interminables sueños e ilusiones en sus libros irrepetibles”.

El mismo Cortázar decía que su trabajo en el momento de escribir era de “una manera desperdigada y anárquica sin ningún horario”, y quizás bajo esta dinámica, en algún café o tren, nacieron sus cuentos, prosas y novelas, entre los que destacan: Divertimento (1949); El examen (1950); Los premios (1960); Diario de Andrés Fava (1950); Bestiario (1951); Final del juego (1956); Las armas secretas (1959); Historias de cronopios y de famas (1962); Rayuela (1963); Todos los fuegos el fuego (1966); La vuelta al día en ochenta mundos (1967); Libro de Manuel (1973); Octaedro (1974); Alguien que anda por ahí (1977); Un tal Lucas (1979); Queremos tanto a Glenda (1980); Deshoras (1982); 62 Modelo para armar (1986) y La otra orilla (1995).

Estudió Letras y para ganarse la vida impartía clases en regiones a las afueras de Buenos Aires, decía que aunque el sueldo fuera menor, prefería empleos con jornadas máximas de dos a tres horas, porque “después salias a la calle y eras tú”.