Prensa MPPC (17/04/2015).- José Ramón “Che” Meléndez nació en Puerto Rico en el año 1952. Es poeta, ensayista y editor. Colaborador en Claridad, Casa Las Américas (Cuba) y Plaza (Harvard); y también libretista de teatro, radio y cine, director de espectáculos y asesor de proyectos internacionales educativos.

Algunos de los títulos que componen su bibliografía son: Desimos désimas (1976), Poesia oi: Antolojía de la sospecha (1978), En Borges (1980), La casa de la forma (1986), Para delfín (1992), Secretum (1993), Postemporáneos (1994), Borges, el espía (1998) y Los dobles de Elizam (2004). Recibió el Premio Nacional de Literatura 2002 (El PEN Club de Puerto Rico), el Premio Nacional de Poesía 2008 (Instituto de Cultura Puertorriqueña), y el Premio Nacional de Ensayo y Narrativa 2009.

Con motivo de la Feria Internacional del Libro de Venezuela (Filven) 2015, celebrada en Caracas entre el 12 y el 22 de marzo, “Che” Meléndez manifestó sus apreciaciones respecto a la gran fiesta de la lectura, cuyo país invitado fue Puerto Rico.

¿Usted ha venido a Venezuela antes, verdad?

Yo inauguré el Festival de Poesía en Mérida en el 87, di un taller de poesía en un entorno acogedor, hasta poético. En cambio, la Filven es enorme, es importantísima, porque es evidente que es un intento pedagógico popular. Es evidente que uno está haciendo un intento intenso de que esa intensidad irradie hacia la cantidad, pero a uno lo abruma la cantidad.

Creo que lo más importante de afuera, lo periférico, lo fenotípico de la Feria es que es enorme, y hasta se pierde la gente. Como todo, esa es su bondad y esa es su maldad. La bondad es que usted puede montar todo en cualquier sitio; por ejemplo, estábamos haciendo un programa de radio en un kiosko [estand], y yo estaba leyendo poemas, y la gente pasaba y decía: “¿Puedo leer uno?”, porque es tan open, tan abierto, que ellos ni sabían el tratamiento profesional de la literatura y cualquier cosa.

Siempre que se hace pedagogía popular se da ese contubernio del producto elaborado, el libro acabado, pero regalado; entonces, la gente puede confundir el precio por el valor del libro. El pensar que como es gratis es un mal libro, y puede ser el libro más importante de la historia de la humanidad. Esa complejidad esa paradoja, es la grandeza, el tamaño; el tamaño tiene esa trampa.

Entonces, yo creo que lo característico de esto, y de todos los procesos de popularización de la cultura, es que uno nunca puede perder de vista que la intensidad profunda, cualitativa, no puede tranzar con rebajarse, desgastarse en algo barato. Porque una cosa es lo gratis y otra cosa lo gratuito, porque gratis viene de la palabra gracia, entonces lo gratuito puede ser “agraciado”, pero lo gratis puede ser barato. Esto gratuito tenemos que mantenerlo en lo agraciado, que sepamos que somos agraciados por la difusión masiva de la cultura, y no que estamos simplemente siendo bombardeados por esa cultura; uno viene aquí a beber luz, no a que lo llenen de papeles. Esos papeles hay que quemarlos en las neuronas para que se prendan en un incendio, si no se incendian las páginas en el cerebro, no leyó.

A veces, nosotros, los que estamos acá produciendo ese papeleo, sentimos, quizás, que es tan rara la percepción, la gente simplemente va a ver al famoso, a que le firmen un libro, a ver qué es lo que pasa, si hay una pelea —porque hay tanta política—, porque uno es enemigo del otro y se pueden caer a puños, y eso es parte de la cosa también. Pero a veces a uno le parece si llega o no llega el texto. Eso además de grande es agotador.

¿Qué diferencia ve usted entre el público lector venezolano y el público lector puertorriqueño?

Bueno, aquí (en Venezuela) se lee mucho. En Puerto Rico la gente solamente tiene tablets, allá en Puerto Rico todo es digital. Yo antes vivía de mis libros, y nadie me compra un libro ahora, todo lo escanean, lo meten en las computadoras y tienen todos mis libros gratis, y yo no tengo un centavo. Yo vivía de mis libros, y ya no vivo de nada.

Aquí la gente se entusiasma con el objeto del libro, y eso es tan importante, porque el objeto físico del libro crea una mediatez con la textualidad, que al contrario enfría el texto digital. El texto digital es como una nevera, aísla, separa; uno lo ve como en la estratosfera, y está en la estratosfera porque va en satélite antes de llegar, es un texto enfriado por una atmósfera inhóspita.

El texto cálido de la página es un texto que lo tiene usted consigo, usted puede ir para atrás, marcarlo, puede doblarlo, si se molesta puede echarlo al fogón, que es la mejor crítica. Marx decía: “Como nadie me publicó el libro, lo entregué a la crítica roedora de los ratones”, y así eso es una maravilla, que tu libro dé contra el piso, eso es una crítica tan importante como para que lo mande a embalsamar.

La lectura es un evento somático, es un masaje a la inteligencia. Las neuronas crecen masajeadas por la lectura. La digitalidad lo enfría. Usted cuando corre todas esas cosas en la pantalla prescinde de tantas cosas, “¡Ah, este capítulo no me gusta!”, y le da con el dedo a la pantalla y pasa al otro, va al índice y no le gusta, es tan fácil despachar la materialidad del libro.

Pero el libro se ofrece como un objeto, y hay que, en vez de consumirlo, hay que comérselo. Por lo tanto es alimentario, no es meramente un consumo suntuario, es también una alimentación sedimentaria. Entonces, el libro se asimila o lo otro.

¿Cuál considera usted que es su aporte a la literatura latinoamericana?

Eso es tremendo, eso es un narcicismo terrible, se supone que lo digan los críticos. Pero te digo lo que dicen mucho de los críticos: la transgresión de los códigos. Algunos dice que el barajeo de los géneros, que no se sabe si es prosa, es verso, o teatro. Otra gente piensa que es la criticidad, o sea, la severidad de enfrentarse a la textualidad de una manera crítica, no meramente tener una relación contigua con ella, sino penetrarla y dejarse penetrar por ella. Una cosa casi como una lapa, algo hermafrodita. Penetrar la literatura y dejar que ella me penetre, dejar que la textualidad, que el significante, se apodere de mi soma, y somatizar el significante. Es un texto que quiere ser un texto vivo y, por lo tanto, habitable.

Estoy citando a la crítica, no estoy diciendo que esté de acuerdo.

¿Cuál considera que es el desafío de la literatura en la actualidad?

La revolución, porque la revolución es el desafío de la humanidad. Ya está bien de evolución, hay que revolucionar. La revolución es una evolución de segundo grado, es una evolución al cuadrado. Ya somos inteligentes, ya somos humanos, ya no somos monos, ya podemos desear, decidir, proyectar, propulsar y proponer una forma de ser de la realidad.

El único capaz de construir la ecología sobre la Tierra es el hombre, porque las plantas no tienen justicia. La justicia la inventó el hombre. Las plantas se comen unas a otras, los peces se comen unos a otros, nosotros sí podemos inventar la ecología, y esa es la revolución: la revolución es la ecología. Es elegir el orden posible con inteligencia, un Gobierno, un Estado, un poder, que diga que la revolución es irracional, es irracional. Porque lo único racional hoy en la Tierra es la revolución.

¿Cómo ve usted desde esa tradición caribeña, puertorriqueña, lo que está sucediendo en Venezuela con esta Revolución?

Bueno, cuando se dolarizó Suramérica, y no se aceptó en Venezuela y no se aceptó en Los Andes, empezó la guerra. Eso es lo que hace que Bolivia, Ecuador, Venezuela tengan un proyecto alternativo a la opción que al resto de la gente destruyó. Después tuvo que corregir Argentina esa propuesta de dolarizarse.

Obviamente, los norteamericanos tienen que oponerse a la no dolarización del continente, porque si el euro fuera la medida internacional, se multiplicaría por diez la deuda externa de Estados Unidos y se arruinaría. La única forma que ellos tienen para sobrevivir al poder de China, al poder de Japón, al poder de Europa es si mantienen el dólar al lado del euro. Por eso es una amenaza para ellos que no aceptemos la dolarización.

A lo mejor por un período tendremos que usar el euro, a ver si entonces terminamos de dañarlo todo y se acaban ellos, pero no sé, porque yo no soy economista. Pero es la misma agresión la que sienten que Europa los agrede con el euro, y sienten que nosotros los agredimos por no dolarizarnos, en última instancia es una cosa meramente económica.

Claro, sabemos lo otro, la madera, el petróleo, la mina. Es lógico que la gente que esté contra la ecología, contra la democracia no esté de acuerdo con la gente que está a favor, no es nada raro, es una situación natural desde que el norte de Suramérica decidió no aliarse al proceso de ayudar al Imperio a no desaparecer.

Pero yo lo que considero siempre debe tenerse en cuenta es que las amenazas son síntomas de debilidad. Cuando uno amenaza es porque teme, hay que ver ese lado, y veo ese lado más que el otro, porque soy puertorriqueño, vivo en Puerto Rico, el yanqui para mí está en mi casa, y yo sé cuándo ellos tienen miedo. Lo que pasa es que ellos tienen miedo.

T/ Prensa Centro Nacional del Libro