CARLOS YUSTI
(Valencia, 1959)
Escritor, ensayista y crítico literario. Fue cofundador de la revista Zikeh y del grupo literario Animales Krakers. Miembro la revista Predios de Upata . Actualmente, es director de las revistas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. También coordina la página web de ARTELITERAL.
Obra: Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991), Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994), y De ciertos peces voladores (1997).
Premios: Premio de Ensayo, Casa de Cultura Miguel Ramón Utrera, por Cuaderno de Argonauta , 1996.
“Los cines de mi adolescencia en Valencia son polvorientos recuerdos de hemeroteca. De ellos no queda ni rastro y los sitios en los cuales estuvieron hoy son tiendas por departamentos o expendios de comida chatarra. No eran cines emblemáticos ni nada que se les parezca, pero como estaban a pocos minutos del barrio los frecuentaba en manada con otros vagos frotaesquinas como yo. Estaba el cine San Blas, el de la Michelena , el de la Isabélica , el Lido, el Imperio y el Tropical. Íbamos al cine para escaparnos del mierdero del barrio, para olvidarnos del hambre y de esa música constante de la miseria. Dos horas distintas y que hoy no cambiaría por nada.
Cada cine se especializaba en un género determinado. Así el cine de la Michelena exhibía en exclusiva películas vaqueras. Esos western, con el sabor inconfundible del espagueti, como "El dólar perforado", y todas las delirantes películas de Trinity, protagonizadas por Bud Spencer y Terence Hill, tenían allí su santuario. Lo del cine Lido eran las cintas chinas. El cine Tropical se destacaba por su exhibición de filmes pornos. Para entrar falsificábamos nuestra identificación y un truco efectivo era entrar por la puerta trasera cuando ya la película había empezado. Con la oscuridad reinante el portero apenas reparaba en la endeble autenticidad de las cédulas.
Entrar al cine Tropical era llegar a una cloaca, especie de sumidero en el que caían los desadaptados de toda ralea, el perraje iconoclasta e inculto de los barrios llegaba al Tropical para darle cancha a sus instintos básicos. Muchos se masturbaban amparados por la oscuridad; otros (perteneciente al otro bando) te sobaban en la entrepierna, o te hacían proposiciones que a veces terminaban mal. A mitad de la película las felaciones y masturbaciones, en orquestada sincronía con las escenas proyectadas en la pantalla, eran acompañadas por la horrenda polifonía de gemidos y bufidos de variados decibeles.
El cine Tropical era un agujero negro de lo inesperado. Algunas veces, durante una redada policial, la luz se encendía de manera súbita descubriendo un espectáculo como salido de una escena de Federico Fellini. La algarabía de protesta era ahogada por la presencia policial. En una noche tranquila algún espectador aburrido de ver las monótonas escenas de sexo soltaba: "Portero miran cómo tienen a tu mujer", "Portero esa mujer tuya no es racista y como le gusta la morcilla". Luego otro chillaba un "¡cállate cabrón!" y otro respondía: "Ven a callarme tú pajuo". Si alguno sentía necesidad de ir al baño tendría que enfrentar el bochorno de las burlas más soeces. En ocasiones la película era un bodrio soporífero y alguien gritaba: "Operador en esa película están hablando mucho y no veo acción". La mayoría de las veces no eran tan decentes y gritaban: "Adelanta esa mierda que yo no sé leer". Como estas quejas eran continuas el operador decidió un día crear su filmografía particular: Recortaba los diálogos y concatenaba sólo escenas de sexo de distintas cintas. La película empezaba con un par de rubias y finalizaba con unas negrazas en una orgía bestial. El cine Tropical siempre estaba a reventar y fue uno de los últimos en bajar la santamaría”.
Fragmento de Noches paganas de cine .
|